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Competir o no competir

Admitámoslo: el pole dance, como deporte, revuelve algo en nuestro interior que nos obliga a ir a más. Algunos superamos los traumas y hacemos figuras intimidantes sólo porque vemos a nuestros compañeros hacerlo. Nunca menospreciemos el poder del ¿por qué ellos sí y yo no? Otros se lo llevan más lejos. Sienten el ansia de desafiarse hasta los límites, mostrar su poder a un amplio público y darse a conocer, llevarse un reconocimiento por su arte y su trabajo. Es curioso cómo unos nos paralizamos ante semejante situación de verte bajo una gigantesca lupa. Y cómo los segundos la gozan. Pero mucho. Mucho, mucho.

 

El ejemplo del segundo tipo que tengo más a mano es mi compañera, profesora y amiga Blanca Sánchez (nombre de guerra: Blanca Blonx, que os va a sonar más). La conocí en el Campeonato de Pole Sports de Tarragona hace ya unos años. Era su bautismo de fuego. Yo, iba a ver qué niveles de virtuosismo se estaban alcanzando en este país, estudiar estilos, fijarme en ejecuciones que poder reproducir y aprovechar las ofertas de tapas + lo que llaman champú por esos lares (cerveza con limón).  La vi un poco retraída. Años más tarde, se mueve como pez en el agua y está de charleta con su maquillaje, su peinado y su vestuario como si estuviera en una fiesta y no en una situación de examen en el que se va a medir con algunos titanes de la barra.

Debo decir que se me acelera el pulso cuando veo salir al escenario a alguien que conozco, por pura empatía. Sus equivocaciones o dudas en semejante trance me ponen al borde del infarto. Pero en el momento en que me transmiten seguridad y su energía contagia al público, empiezo a volar y aplaudo hasta despellejarme las manos. Como persona que siente auténtica fobia ante la presión de dicha situación de examen (no hablo aquí de lo que me costó sacarme el carnet de conducir porque lo quiero aprovechar para hacer un monólogo cómico), admiro profundamente a los seres humanos que son capaces de ponerse a prueba en una competición deportiva (y de pole, estamos hablando de un nivel de exigencia enorme). ¿¿Por qué lo hacen??

Evidentemente, la preparación física que conlleva te obliga a subir de nivel de manera sustancial. Sólo por eso merece la pena. Pero luego está la preparación mental. La concentración. Y luego están esas cosas que paladean quienes disfrutan de participar sanamente en las competiciones. Dice Blanca que adora montarse un personaje, armar la coreografía, ver cómo va tomando forma. Y luego, una vez entre bambalinas, se reencuentra con amigos y competidores, se arregla, calienta, se ríe y… sí, goza del momento en que se pone en el escenario y se pega esa zambullida que supone defender ante expertos y público lo que eres y lo que tienes. Así, con un par. Ya os digo, temblores tengo de imaginarlo. 

Y luego está la otra cara de la cosa. Marlo Fisken contó que ya no compite por razones de peso: porque ama el movimiento desde el placer, no uno impuesto por un código; por el dolor de lesiones que aún no han curado; porque, simplemente, no disfruta del proceso de trabajo para una competición, teniendo ya su carrera cimentada como profesora y creadora; por el estrés que deriva de todo ello… Que a alguien con tanto bagaje como ella le parezca un sufrimiento este asunto me resulta de lo más revelador.

Así que, desde aquí, mi respeto y, repito, rendida admiración por todos aquellos y aquellas que de verdad estás ahí para competir contra vosotros mismos, los adversarios más duros. Sois un ejemplo y hacéis que un certamen tenga momentos de espectáculo que te hacen saltar del asiento. Y aprovecho para felicitar a mi ya compañera de fatigas exóticas Elena Alzuri, ganadora del segundo puesto en la categoría Classic Professional de Pole Arnold Spain. Muy merecido. A ver si se me pega algo.

 

Pole Versus Dance
¡Quiero ser una “virago”!
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